Transcriptión y traducción al francés por Eszter Mózes

 

Estamos en este momento en directo en el Instituto Metodológico Nacional de Orfanatos de la Colina de las Rosas, donde nos encontramos con la Sra. Emmi Pikler, directora del Instituto y doctora en medicina. Evidentemente podríamos abordar muchos temas, pero nos concentraremos en una sola cuestión, querida doctora: ¿Es posible desde el orfanato, educar al lactante o al niño pequeño para que adopte un comportamiento, una actitud responsable, para sentir responsabilidad hacia sí mismo, hacia los demás a su alrededor, hacia la sociedad?

 

No solamente es posible hacerlo así, sino también necesario. El niño tiene experiencias desde su nacimiento. Cuantas más posibilidades de vivir experiencias tenga, mejor pueda actuar, se hace más capaz de prever las consecuencias de sus actos, de realizar más proyectos, de ejecutar lo que es capaz y verificar si efectivamente ha realizado lo que había previsto. Es el arranque de su sentido de la responsabilidad. El niño muy pequeño, cuando empieza a descubrir su mano, la ve, la pierde de vista y la reencuentra. A veces se enoja, rompe a llorar. Debe reencontrarla de manera fortuita para después de un tiempo poder encontrarla por sí mismo sin dificultad. Cuando extiende su mano hacia un juguete que no llega a coger; cuando trata de girar y cae, vuelve a intentarlo y vuelve a caer; cuando escala sobre cualquier cosa y desciende, entonces si se le brinda la oportunidad está continuamente teniendo experiencias. Si le permitimos moverse, intentarlo y ocuparse de aquello que le interesa, necesariamente investigará por sí mismo y aprenderá a través de su actividad autónoma. El niño pequeño aprende no solamente a actuar, a moverse, sino que aprende a hacerlo con responsabilidad: él es quien toma la iniciativa, quien realiza el movimiento de manera voluntaria, y, si no lo logra, es igualmente él quien lo vuelve a intentar para que en una próxima ocasión, pueda prever el resultado y constatar que se trata de un proyecto que puede llevar a cabo o no. Es el fundamento de su capacidad de actuar de manera responsable, que pondrá en práctica ulteriormente en situaciones eventualmente más complejas.

 

Esta no es más que una parte de la cuestión, la otra es en relación con el adulto. Si, de entrada, consideramos al lactante como un ser activo, capaz de actuar y si el adulto, mientras está con el niño, le trata así, esta actitud determinará la relación entre ellos. Nosotros consideramos al niño desde su nacimiento como un compañero activo. Así pues, no esperamos de él que haga todo el tiempo y en todas partes lo que nos gustaría que hiciera, sino que más bien prestamos una atención especial a aquello que él querría. Tratamos de llevar a cabo las tareas con él, ya sea el vestido o el baño. Le pedimos, dentro de lo posible, lo que desea. Así, si nosotros cooperamos con el niño desde la edad más temprana, entonces le educamos a querer cooperar de manera autónoma; tenemos una buena relación con él, no esperamos que haga cosas que todavía no es capaz… Es una noción muy importante porque frecuentemente tenemos la costumbre de decir que el niño debe aprender a obedecer lo más pronto posible; a hacer aquello que el adulto quiere que haga. Ponemos el acento en la disciplina porque creemos que una persona bien disciplinada es más responsable. Pero dejarse guiar por el más fuerte no es sinónimo de disciplina. ¡La disciplina no quiere decir que se puede impedir que el niño haga algo, solamente porque tiene miedo de ser maltratado o porque se siente amenazado! No son las consecuencias de su acto las que le impiden cometerlo; por el contrario en este caso, se dice a sí mismo algo como: “Si hago esto, seré castigado” Esta no puede ser la base de su futuro comportamiento responsable.

 

Permítame, querida doctora, que la interrumpa aquí. Ciertamente todavía podríamos hablar largo y tendido de esa cuestión. De esto que usted ha dicho, destaca la responsabilidad de los adultos, de aquellos que, en tanto educadores o padres, están al lado del niño. Usted es directora de un centro metodológico que sigue una actividad práctica que imagino muy especializada y concreta; fuera del instituto, está toda Hungría, las familias, otras instituciones. ¿Cómo es su relación con ellas? ¿Cómo nos llega todo lo positivo que surge de sus experiencias, todo su saber acumulado? ¿Cuál es su relación con la vida?

 

Partimos de la familia. Hemos realizado observaciones en las familias. Yo misma como pediatra de familia he observado el desarrollo de los niños y he apoyado a las madres para que ellas pudieran ofrecerles a sus bebés posibilidades de desarrollo, para que ellas les trataran, les dejasen vivir de tal manera que el bebé pudiera evolucionar, por un lado, en el sentido deseado por sus padres, y por otro, sin dar la impresión de que se les fuerza, que se les obliga todo el tiempo a hacer cosas que otros desean. En el orfanato es una cuestión todavía más importante. Una madre, justamente porque es madre, tiene la tendencia a dejarse llevar más fácilmente. Sean cuales sean sus principios, si ella quiere verdaderamente a su bebé, mientras cuida de él, cuando el bebé inventa cualquier cosa nueva, la madre se pone contenta. En el orfanato, es importante que las profesionales estén contentas del buen desarrollo del niño, de su adaptación al medio, pero también de sus ideas autónomas, de sus actos autónomos. Llegar allí es nuestra tarea.